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Supermamás 2011: Mirar con el corazón

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Lolina Fernández infurnde esperanza a muchos niños invidentes y auuda a forjar para ellos un futuro mejor.

Lolina Fernández de Garza había pasado la mayor parte de su vida ayudando a los desfavorecidos, pero no estaba preparada para lo que vio una tarde de 2007. Trabajaba como voluntaria con una orden de monjes españoles en Reynosa, Tamaulipas, su ciudad, ayudando a los basureros, cuando de pronto un niño despeinado y muy sucio se apareció a su lado y la abrazó con fuerza por la cintura.

—Necesito que me ayudes —le suplicó.

Lolina se quedó muda. No le sorprendió que aquel niño pareciera llevar años sin bañarse; lo que la impresionó mucho fue un viejo trapo hecho jirones que llevaba atado a la cabeza para taparse los ojos. En ese momento se acercó la madre del chico. Le explicó a Lolina que su hijo, Germán, de siete años, había perdido los ojos a causa de un cáncer cuatro años antes, y desde entonces padecía dolorosas infecciones porque no podían pagar una operación para implantarle prótesis. Éstas eran importantes no sólo para mejorar el aspecto del niño y hacerlo sentirse bien consigo mismo, sino para prevenir las infecciones, ya que impedirían que los factores contaminantes le entraran en las cuencas expuestas.

Lolina, que entonces tenía 55 años, se conmovió profundamente con el relato de la madre, y supo sin duda alguna que tenía que ayudar al pequeño Germán. No podía marcharse sin hacer nada por él.

Nunca en su vida le había dado la espalda a quienes necesitaban ayuda. Su madre le enseñó a ver por los desfavorecidos, y había predicado con el ejemplo. Muchas veces, cuando Lolina era pequeña, al volver a casa de la escuela le decía a su madre que había perdido su suéter otra vez. “¿Cómo es posible que pierdas un suéter cada semana?”, le respondía su mamá, exasperada, y Lolina se encogía de hombros. Cuando su madre le compraba otro suéter, Lolina se lo ponía para ir a la escuela, y sin dudarlo se lo regalaba a la siguiente compañera de clase que proviniera de una familia pobre y no tuviera ropa para abrigarse.

Ya de adulta, aunque tenía que criar a sus tres hijos y dar clases de literatura y español a chicos de secundaria y preparatoria, siempre que podía trabajaba como voluntaria y ayudaba a quienes tuvieran una necesidad: los pobres, los ancianos, los presos. Así como su madre le enseñó a ver por los desfavorecidos, ella llevaba a sus hijos a sus misiones de ayuda cada vez que era posible a fin de que aprendieran los mismos valores. “Siempre me he acercado a las personas que necesitan ayuda, a la gente más vulnerable”, dice Lolina. “Es algo que siempre se me ha dado de manera natural, y me gusta mucho”.

Así pues, a nadie le sorprendió que ese soleado día de verano de 2007 decidiera acoger bajo su ala al pequeño Germán. Lo primero que hizo fue buscar oftalmólogos pediatras residentes en Reynosa o en alguna ciudad cercana que pudieran ayudarle. Lolina no tenía ninguna experiencia previa con personas invidentes, y sintió cierta desesperación al realizar la búsqueda; sin embargo, su persistencia rindió fruto: encontró un especialista en Monterrey que aceptó operar al niño. La intervención iba a ser muy difícil porque Germán tenía los párpados prácticamente sellados como consecuencia de las frecuentes infecciones y la falta de atención médica oportuna.

Se requirieron dos operaciones para implantarle a Germán las prótesis oculares, y Lolina no habría podido quedar más encantada con el resultado. ¡Parecía un niño nuevo! Lolina pagó de su bolsillo los 12,000 pesos que costaron las operaciones, lo que no fue fácil para un ama de casa y madre cuyo esposo tenía un modesto negocio de gas. Pero estaba comprometida con Germán y no dudó en desembolsar el dinero.

A lo largo de los meses siguientes, a medida que fue conociendo mejor a Germán y a su madre, empezó a charlar con muchos de los amigos del niño en los basureros, que también estaban ciegos y no podían pagar un tratamiento. “Jamás me imaginé que hubiera tantos niños con las mismas necesidades que Germán”, cuenta, “y que no supieran a dónde acudir en busca de ayuda”.

Esto la motivó a tratar de aprender más sobre el azote de la ceguera y su impacto en los niños pobres de México. Además, estaba decidida a hacer que Germán tuviera las mismas oportunidades que otros niños de su edad y condición social. Eso significaba ofrecerle educación. Pero después de dos meses en una escuela integradora que supuestamente debía ayudar a niños con necesidades especiales, una maestra le dijo:

—Señora, no hay nada más que pueda yo hacer por este niño. No sé braille y no estoy capacitada para tratar con un niño ciego.

Lolina enmudeció. Pero en lugar de sentirse abatida, esto la impulsó a hacer aún más. Se puso a aprender braille y a enseñárselo a Germán, y también le daba clases de música y de inglés básico. Sin embargo, la desconsolaba saber que no había ningún lugar para que un niño ciego y pobre como Germán y sus amigos invidentes recibieran la atención y la educación que tan desesperadamente necesitaban y merecían. Estos niños deben tener un lugar propio donde reciban apoyo, educación y amor, pensó. Pero, sobre todo, donde la gente sepa y aprecie lo valientes que son.

Lolina redobló sus esfuerzos para encontrar una solución, y al investigar sobre la ceguera se enteró de la existencia de la Organización Nacional de Ciegos Españoles, la ONCE, como se le conoce más comúnmente. Colaborando a larga distancia con los expertos de esa agrupación, empezó a concebir la idea de una escuela no lucrativa que se dedicara a educar a niños ciegos de bajo nivel económico y a capacitarlos para que pudieran convertirse en parte integral de la sociedad, en vez de ser marginados como pasaba tan a menudo.

Lolina dedicó los meses siguientes a afinar su idea hasta que tuvo un plan concreto y bien estructurado. Empezó a exponérselo a cuanta persona quería escucharla y se mostraba dispuesta a cooperar para hacerlo realidad. Una vez más, la pasión y perseverancia de Lolina rindieron fruto, pues empezó a recibir donativos, y el gobierno local le dijo que estaría dispuesto a pagar los salarios de varios maestros para su escuela. Conoció incluso a un matrimonio que prestó un edificio grande que no usaba para albergar la escuela. 

En mayo de 2008, Lolina vio cumplido su sueño cuando abrió las puertas de Miradas de Esperanza, en Reynosa. “Yo quería crear un lugar cálido y acogedor donde estos niños especiales no quedaran rezagados por su imposibilidad de ver”, dice, “sino que allí se les educara y aprendieran a desarrollar sus capacidades naturales para que pudieran hacer todo lo que siempre habían soñado”.

Además de Germán, otros 25 niños invidentes que provenían de familias de escasos recursos llegaron a la escuela y, al correrse la voz sobre este sitio especial, pronto se inscribieron más. La escuela ahora tiene unos 50 alumnos, cuyas edades fluctúan entre seis meses y 18 años, y más o menos 25 maestros de tiempo completo. A Germán, hoy de 12 años, le encanta aprender y florece en su nuevo ambiente.

Cerca de 30 por ciento de los fondos de la escuela provienen del bolsillo de Lolina, de donativos de empresas y particulares, y de la subvención gubernamental para pagar los sueldos de los maestros. Los niños no pagan nada y aprenden de todo: desde braille hasta lenguas extranjeras y música, y trabajan con diversos aparatos, entre ellos máquinas de escribir braille conocidas como máquinas Perkins, computadoras especiales, cajas aritméticas y juegos de geometría.

Fuente: http://mx.selecciones.com/contenido/a2957_supermamas-2011-mirar-con-el-corazon

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